Compartimos la nota de nuestro compañero Nicolas Caropresi en respuesta al nefasto represor Diego Kravetz. El artículo que generó esta respuesta se puede leer aquí.

Si uno olvidara que Kravetz es un funcionario del Gobiernos de Lanús hace ya casi dos años y medio podría decir que el artículo que publicó en Infobae es un interesante punto de partida para intentar ponernos de acuerdo. Es decir, una discusión más o menos racional entre argentinos para ponernos de acuerdo en cuáles son las urgencias en nuestro país.

Si Franco realmente existió y si Franco realmente dijo eso, primero tenemos que decir que tiene un don para la poesía. Esta describiendo la violencia de la exclusión en una oración cortita y sencilla, popular, por decirlo de alguna manera. “Se vive día a día, no hay futuro” ¿hay algo más contundente que esa explicación para entender lo que significa la cultura del descarte? Sí lo hay y según Kravetz también lo dijo Franco: “El que tenga miedo de morir, que no nazca”. Intentemos escribir la vida de Franco sin usar estadísticas, pongamos algunos casos concretos de las cuestiones con la que se cruzó Franco en la vida para construir semejante declaración. Y el punto de partida es que vio morir mucha gente, amigos, hermanos probablemente, tíos o tías, familia, conocidos, de 2, 9, 14, 17, 22, 33, 40 años. Y los vio morir de varias maneras, con un tiro de otro conocido por un arreglo de cuentas, por un policía en una persecución, por un policía fusilándolo, porque no lo atendieron con suficiente rapidez en un hospital repleto de pacientes y poco personal mal pago, por enfermedades causadas por el envenenamiento de su sangre con plomo, porque se prendió fuego la casa en la que vivían. Ese es el contexto que nutre de vitalidad las dos frases de franco. “Llegue a este mundo y básicamente me las tengo que arreglar solo”. Y por arreglárselas solo no dice hacer las tareas y estudiar, es arreglársela solo mucho antes que eso, es arreglársela solo para sobrevivir. Verlo de esta manera nos permite ver el problema fuera de la seguridad o inseguridad, ejercicio que Kravetz realiza, aunque en ningún momento puede desprenderse del todo del clásico concepto de “son todos chorros”. Por eso aclara que las declaraciones las hace el cabecilla de una banda. Seguido a eso nos cuenta de su preocupación de cómo será la historia argentina y de países vecinos en el futuro, y nos dice que va a ser la de la exclusión y la precariedad en la vida de los seres humanos. Y ahí hay otro punto de choque. Esa historia en el futuro, no se cuan lejano lo imagina, no va a ser la de Argentina y sus países vecinos, si no que va a ser la historia de lo que dejó el capitalismo financiero. Solo con leer un poco la historia de ciudades como Detroit o Flint, ciudades en el corazón del imperio y paradigma capitalista, ciudades que solían ser la foto para demostrar el éxito del capitalismo, la primera, cuna de Ford y la segunda, cuna de General Motors, fueron y son golpeadas con la misma violencia que cualquier ciudad latinoamericana por la exclusión y precariedad en la vida.

Y seguidito a eso pega un salto a una lógica de razonamiento que podríamos llamar “pensamiento mágico macabro”. Un día la familia existía y cumplía un rol social, otro día la familia dejo de existir y solo queda violencia y droga. “Un chico nace y crece dentro de una familia que le da techo, alimento y cuidado” dice y con el chasquido de un dedo la realidad cambio drásticamente, como cuando el mago saca el conejo de un sombrero vacío. “En estos barrios, encontramos casos donde la inclusión del chico se encuentra en jaque desde que nace, porque no existe la idea de hogar”. Pensamiento Mágico macabro. Buscarle la explicación de fondo a esa situación de nuevo es ir contra el mundo al que le abrimos las puertas (según propias palabras de sus socios y jefes) hace algo más de dos años. El mundo que cada vez concentra más riquezas en menos manos mientras hambrea a países enteros.

Después recurre un poco a las estadísticas como para “clarificar” y de paso para mostrar algunos números de gestión como la cantidad de kiosquitos de droga que fueron atacados y que a pesar de eso afirma que casi que se triplicaron en estos años. Nada nuevo bajo el sol en esta parte, usar golpes bajos para demostrar gestión, o intentar mostrar gestión.

Finalmente y como un truco más que le quedaba en la manga escupe: “¿Qué hacer con un Estado que no logra terminar de entrar a las villas y con organizaciones sociales que invitan como todo proyecto de vida a revolver la basura de los más ricos? “. Si el intelectual-funcionario intenta hablar en ese caso de los cartoneros, hay algo que creo que es muy importante que sepa y que puede ayudarle a encarar los problemas desde una renovada mirada, sin por eso hacer las paces con los movimientos sociales. Cartonear es una estrategia de supervivencia que muchos argentinos, brasileros, colombianos, uruguayos, neoyorquinos, franceses, alemanes, españoles encontraron para poder comer en un sistema que al mismo tiempo que lo obligaba a consumir lo alejaba cada día más de la posibilidad de hacerse del mango que le permitiría consumir. Fue la respuesta más sana que tuvieron miles de ciudadanos en el mundo frente a la violencia de la exclusión y la marginación. La organización que se dieron los cartoneros alrededor de ese trabajo fue precisamente para eso, para que el mundo reconozca que estaban laburando y que por lo tanto tienen derechos como laburantes. Tanto es así que la Ciudad de Buenos Aires, tras años de discusión con estos sectores organizados, tiene un sistema de recolección con inclusión social que muchos países del mundo intentan imitar, para resolver dos cosas al mismo tiempo, la inclusión de los laburantes a la sociedad por un lado y el cuidado del medio ambiente por el otro.

Finalmente, antes de decir que el principal camino para resolver esa situación va a ser el de la seguridad y por lo tanto la criminalización: “En Lanús planteamos un abordaje integral desde el desarrollo social, la educación, el deporte y la cultura. Pero, por supuesto, también de la seguridad, porque la ausencia de ley y la autorregulación normativa del territorio lo único que ha logrado es reproducir exponencialmente este trágico fenómeno y hacer ricos a unos pocos que lucran con la necesidad y la pobreza”. Kravetz hace una pregunta que clarifica bastante, “¿Cómo sumar a miles de personas que han desarrollado una visión de la vida y sus límites diametralmente opuesta a aquella sobre la cual basamos nuestra coexistencia social entera?”. Así como la frase de Franco era poética para describir la sensación de supervivencia a la que se enfrenta a diario, la pregunta de Kravetz también tiene algo de poesía y logra de manera simpática construir un enemigo, para responderla de manera propositiva: “Ciertamente no es tarea fácil ni grata. El Estado tiene la responsabilidad de velar por el cumplimiento de la ley y ejercer sanciones…”.

Los movimientos sociales estamos convencidos de que el Estado tiene la responsabilidad de velar por el cumplimiento de la ley, tanto que nos organizamos no para exigir nuevos derechos, si no para exigir que se cumplan los derechos humanos, esos que todos los países que integran la ONU alguna vez se comprometieron a cumplir. Y la historia de la organización cartonera es la demostración de que la vida de miles se puede mejorar con trabajo, que la única forma de ganarle a la exclusión es poniendo a la inclusión antes que la ganancia. Es preocuparse más en contener a las familias que se vieron amputadas por un incendio que en centrar la atención en cómo ahorrarle unos mangos a EDESUR.